domingo, marzo 23, 2008

El desarrollo y el perro del hortelano


En el panorama político actual, retumba constantemente la idea de que el desarrollo es un albur. Que es obra de la buena fe de los mercados mundiales, y de la disciplina fiscal de los gobiernos. Sin embargo, desde hace años –décadas para ser más concretos- esta visión del desarrollo ha sido desestimada en favor de un enfoque que pone la lupa sobre el papel de los pobres y de sus capacidades en el contexto político.

De ahí que sea contraproducente creer –como parece hacerlo el gobierno- que el desarrollo tiene que ver únicamente con el crecimiento económico. La economía es un factor esencial para el desarrollo, pero no es en ningún caso el único factor a tomar en cuenta. Amartya Sen demostró, por ejemplo, que algunos países pese a presentar indicadores económicos deficientes (en lo referido al valor e incremento de su PBI), presentaban mejores condiciones de vida al poseer índices de mortalidad más bajas y de esperanza de vida mayores a los de otros países que hoy presentan un índice de PBI más alto.

¿A qué responde dicha paradoja? Probablemente al hecho de que el desarrollo no significa o no tiene que ver sólo con el crecimiento económico. Como demuestran esas cifras, el desarrollo debe ser entendido ante todo como la superación de las condiciones que impiden la autorrealización personal. A esto se refiere Amartya Sen cuando denomina a su modelo como de “desarrollo como libertad”.

La tradición liberal ha sido enfática en advertir estos reparos. Desde los tiempos de Locke ha sido un imperativo la búsqueda de la autorrealización, y esa tradición ha tenido en autores como Rosseau o Rawls, más tempranamente, a importantes cultores. Este último, por ejemplo, será recordado por haber introducido en el debate filosófico el factor de la justicia como bien público. Para Rawls, las instituciones obedecen a un imperativo que se reconoce en la búsqueda de la equidad, cuando dicho objetivo se distorsiona éstas -como reza su famosa sentencia- o deben ser reformadas o deben ser abolidas.

En suma, el desarrollo no se agota en la acumulación de riquezas. Aún cuando obtener recursos sea un factor importante, el desarrollo implica el qué hacer con ellas, antes que el solo exhibirlas. Si nos tomamos en serio esa premisa, talvez no sea necesario seguir buscando, como hacen algunos, inocentes perros del hortelano que siquiera mueven la cola.