
Ronald Dworkin (Worcester 1931) es un profesor de derecho constitucional y teoría general del derecho afincado en los Estados Unidos. Su obra es mundialmente conocida y ha sido traducida a numerosísimos idomas. Su prestigio excede las fronteras de su país, y se distingue por haber dotado de un nuevo aire los estudios sobre teoría política y general del derecho, desde una perspectiva, diremos, republicana.
Su aporte más relevante a la teoría del derecho, sin embargo, consiste en su franco rechazo a las tesis del positivismo jurídico. Celebre es, por ejemplo, la polémica que sostuvo con Herbert Hart a finales de la década del 60. En ésta Ronald Dworkin sostuvo la inconsistencia de la llamada regla de reconocimiento de Hart, y la fragilidad de la tesis -¿iusnaturalista?- de los derechos naturales. En respuesta a ello, Hart sostendría que Dworkin planteaba erróneamente el problema. A su juicio, las normas no tenía una vocación totalizadora y no podían ser discernidas desde una perspectiva moral por los jueces. El saldo de la polémica, trajo como resultado un post-scriptum de comienzos de los años 90, donde Hart aceptaba, a regañadientes, algunas de las afirmaciones de Dworkin.
Actualmente, Ronald Dworkin se desempeña como docente en la prestigiosa Universidad de Nueva York. Participa anualmente de un seminario de filosofía del derecho, al cual asisten juristas y filósofos de la talla de Cass Sunstein, o Amartya Sen, y publica -febrilmente- al menos un libro por año. Este afán lo ha llevado, por ejemplo, ha obtener importantes reconocimientos. El año pasado una institución académica noruega premió su trayectoria con un reconocimiento cercano al millón de dolares.Y su obra, pese a que gozaba ya de un reconocimiento enorme, ha empezado a ser leída en distintos círculos académicos y políticos.
Entre sus libros más famosos destacan sobretodo dos: "Los derechos en serio", y "El imperio de la justicia". El primero es un compilado de artículos y conferencias dictados a lo largo de las últimas décadas; y el segundo un texto donde describe su famosa teoría del derecho como integridad.
Para Dworkin el derecho posee una dimensión que no se agota en el estudio de las reglas. Según éste, el derecho reviste una dimensión moral que se reconoce a través del estudio de las reglas, los principios, las directrices y los precedentes. Resulta obvio que una comprensión del derecho tan vasta, necesita de jueces que estén a la altura. Es por ello que Dworkin plantea como complemento a su definición del derecho, una definición del rol institucional que les corresponde a los jueces. A dicho modelo lo llama, el modelo del juez hércules.
En nuestro medio, y en general en latinoamérica, existe un renovado interés por las tesis de este autor. Como ha explicado Diego López Medina en el contexto de los estudios jurídicos latinoamericanos, se vive un auge por el antiformalismo. Dicho auge se expresa a través de entidades como el Tribunal Constitucional, o la Corte Suprema. En nuestro país, por ejemplo, este interés, se ha hecho presente en sentencias, sobretodo del último periodo, emitidas por el TC. En éstas descolla una animo principista, y la sensación de que nos encontramos ante un nuevo estadio de nuestra cultura legal.
Palabras más, palabras menos, lo cierto es que leer a Dworkin ayuda a entender los prolegómenos de esta nueva historia.
Su aporte más relevante a la teoría del derecho, sin embargo, consiste en su franco rechazo a las tesis del positivismo jurídico. Celebre es, por ejemplo, la polémica que sostuvo con Herbert Hart a finales de la década del 60. En ésta Ronald Dworkin sostuvo la inconsistencia de la llamada regla de reconocimiento de Hart, y la fragilidad de la tesis -¿iusnaturalista?- de los derechos naturales. En respuesta a ello, Hart sostendría que Dworkin planteaba erróneamente el problema. A su juicio, las normas no tenía una vocación totalizadora y no podían ser discernidas desde una perspectiva moral por los jueces. El saldo de la polémica, trajo como resultado un post-scriptum de comienzos de los años 90, donde Hart aceptaba, a regañadientes, algunas de las afirmaciones de Dworkin.
Actualmente, Ronald Dworkin se desempeña como docente en la prestigiosa Universidad de Nueva York. Participa anualmente de un seminario de filosofía del derecho, al cual asisten juristas y filósofos de la talla de Cass Sunstein, o Amartya Sen, y publica -febrilmente- al menos un libro por año. Este afán lo ha llevado, por ejemplo, ha obtener importantes reconocimientos. El año pasado una institución académica noruega premió su trayectoria con un reconocimiento cercano al millón de dolares.Y su obra, pese a que gozaba ya de un reconocimiento enorme, ha empezado a ser leída en distintos círculos académicos y políticos.
Entre sus libros más famosos destacan sobretodo dos: "Los derechos en serio", y "El imperio de la justicia". El primero es un compilado de artículos y conferencias dictados a lo largo de las últimas décadas; y el segundo un texto donde describe su famosa teoría del derecho como integridad.
Para Dworkin el derecho posee una dimensión que no se agota en el estudio de las reglas. Según éste, el derecho reviste una dimensión moral que se reconoce a través del estudio de las reglas, los principios, las directrices y los precedentes. Resulta obvio que una comprensión del derecho tan vasta, necesita de jueces que estén a la altura. Es por ello que Dworkin plantea como complemento a su definición del derecho, una definición del rol institucional que les corresponde a los jueces. A dicho modelo lo llama, el modelo del juez hércules.
En nuestro medio, y en general en latinoamérica, existe un renovado interés por las tesis de este autor. Como ha explicado Diego López Medina en el contexto de los estudios jurídicos latinoamericanos, se vive un auge por el antiformalismo. Dicho auge se expresa a través de entidades como el Tribunal Constitucional, o la Corte Suprema. En nuestro país, por ejemplo, este interés, se ha hecho presente en sentencias, sobretodo del último periodo, emitidas por el TC. En éstas descolla una animo principista, y la sensación de que nos encontramos ante un nuevo estadio de nuestra cultura legal.
Palabras más, palabras menos, lo cierto es que leer a Dworkin ayuda a entender los prolegómenos de esta nueva historia.




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